Tenía razón.
Llegaron a las siete con sus parejas, mis nietos y bolsas de comida comprada en el súper. Nadie me abrazó con ganas. Nadie me preguntó cómo amanecí. Desde que murió mi esposo, Ernesto, mis hijos dejaron de visitarme por cariño y empezaron a visitarme por interés.
Preguntaban por la casa. Por mis cuentas. Por las escrituras. Por las joyas que Ernesto me había regalado. Pero nunca por mis rodillas, por mis noches solas ni por ese silencio que pesa más que una enfermedad.
Yo sonreí igual. Porque una madre aprende a tragarse la tristeza para no arruinar la fiesta.
Después de cenar, Mauricio apagó las luces.
—Ahora sí, el pastel de la reina —dijo, burlándose.
Patricia entró con una charola. Javier ya tenía el celular grabando.
El pastel no era pastel. Era una masa hundida, hecha con pedazos de concha dura, bolillo viejo, crema echada a perder y sobras pegadas con betún grisáceo. Olía agrio. Encima, con letras chuecas de mermelada, decía:
“Para la vieja inútil que ya solo ocupa espacio.”
Mis nietos se quedaron callados. Mis hijos no.
Se rieron.
Javier acercó el celular a mi cara.
—No se agüite, ma, es contenido. Va a pegar durísimo.
Patricia se cruzó de brazos.
—Ay, mamá, tú siempre dices que no hay que desperdiciar comida.
Mauricio remató:
—Además, a tu edad ya ni distingues si es de panadería fina o de ayer.
Sentí que algo dentro de mí se rompía, pero no lloré. Miré a cada uno de mis hijos, esos mismos por los que limpié oficinas, vendí tamales, dejé de comprarme medicinas y pagué escuelas privadas.