Pero ya era tarde. Metí la mano bajo la tela del vestido y sentí algo que me congeló la sangre: espuma, correas, velcro.
No había bebé.
Mi hermana no estaba embarazada.
El patio entero quedó mudo.
Alejandro respiró con dificultad y dijo:
—Eso no es todo. Fernanda iba a robarse un recién nacido mañana.
Y cuando vi la cara de mi hermana, entendí que no estaba asustada por haber sido descubierta.
Estaba furiosa porque le habían arruinado el plan.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Mi mamá cayó sentada, como si las piernas le hubieran dejado de funcionar. Mi papá soltó a Alejandro y se acercó a Fernanda, pero ella se arrastró hacia atrás como animal acorralado.
—Todos ustedes son unos idiotas —escupió—. No entienden nada.
Alejandro sacó su celular y empezó a mostrar fotos, capturas, recibos. Había barrigas falsas compradas por internet: seis meses, siete meses, ocho meses. Había ultrasonidos robados de grupos de Facebook y editados con el nombre de Fernanda. Había búsquedas como “cómo fingir náuseas”, “cómo caminar embarazada” y “qué decir en un baby shower”.
Mi tía Rosa empezó a llorar.
—Yo le di quince mil pesos para estudios.
—Y yo le pagué unas vitaminas —dijo mi abuela con voz rota.
—No existía ningún doctor —dijo Alejandro—. Yo llamé a las clínicas que mencionó. Nunca fue paciente.
Fernanda se levantó de golpe, jalándose el vestido para cubrir el arnés de espuma.
—¡Cállate, Alejandro!
Pero él siguió.
Contó que la había seguido el día anterior porque Fernanda dijo que tenía cita con el ginecólogo. En realidad, se fue a una cantina del centro, se tomó dos micheladas y luego compró otra barriga falsa en una tienda de disfraces. Después, Alejandro revisó la laptop que ella había dejado olvidada en nuestra casa.
Ahí encontró lo peor.
Fernanda llevaba dos meses yendo a un grupo de apoyo para mamás adolescentes en un hospital público. Se había hecho amiga de una chica de diecisiete años llamada Valeria, embarazada de nueve meses, sola, sin familia en Guadalajara. La acompañaba a la cafetería, al baño, a la parada del camión. Sabía dónde vivía, a qué hora tenía controles y hasta cuándo le iban a inducir el parto.
—Mañana a las seis de la mañana —dijo Alejandro—. Fernanda sabía que Valeria iba a dar a luz mañana.
Sentí que el mundo se me cerraba.