El día que enterré a mi marido, mi hijo ya estaba haciendo planes con mi vida.

Guadalajara dormía bajo una humedad tibia, y yo salí con mi maleta sin hacer ruido, aunque en realidad ya no tenía obligación de proteger el sueño de nadie.
Antes de cerrar la puerta, miré una última vez el recibidor, la consola donde durante años dejé mochilas ajenas, cartas ajenas, problemas ajenos.
Luego cerré con llave y la dejé en el buzón interior, tal como había decidido.
En el trayecto hacia Puerto Vallarta no sentí culpa.

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