Eugenio apareció en el umbral con la camisa de cuadros empapada de sudor, las botas manchadas de tierra y la barba cerrada de los hombres que viven más pendientes del trabajo que del espejo. Magdalena sintió que el corazón se le detenía. Hacía años que no lo veía, pero habría reconocido esos ojos en cualquier parte del mundo. Oscuros, profundos, tercos. Los mismos ojos que una vez la miraron como si ella fuera el futuro entero.
Eugenio la observó sin moverse. Primero la cara. Luego la maleta. Después el vientre enorme.
No sonrió. No preguntó nada. No mostró enojo, ni alegría, ni sorpresa. Solamente un silencio tan hondo que a Magdalena le dolió más que cualquier rechazo.
Ella había vuelto porque ya no le quedaba nadie en el mundo. Pero lo que no sabía era que detrás de aquella quietud, Eugenio estaba peleando la batalla más difícil de su vida.