El Juez Se Burló De La Pequeña En Pleno Tribunal Pero La Voz En El Teléfono Lo Hizo Llorar Ante Todos

PARTE 2

“¿Sofía? Mi amor, ¿eres tú?”, preguntó la voz desde el teléfono.

Era Elena. La hija del juez Arturo Garza. La misma hija con la que él había cortado toda comunicación hacía 2 años, la que había bloqueado su número telefónico, la que le había advertido que no quería volver a verlo hasta que él comprendiera el enorme daño que había causado. El magistrado se quedó congelado en el estrado, con la mano suspendida en el aire a mitad de 1 ademán, como 1 actor que repentinamente olvida todas sus líneas en medio de 1 obra teatral. La sonrisa se borró por completo de su rostro arrugado, y sus ojos se clavaron en la pequeña niña de 5 años que sostenía el aparato con ambas manos.

“¡Mamá!”, gritó Sofía con alegría. En 1 fracción de segundo, todos los presentes en el tribunal de la Ciudad de México comprendieron que la situación había dejado de ser graciosa.

Para entender el peso sofocante de ese momento, era necesario retroceder 2 años en el tiempo. Fue en 1 calurosa tarde de agosto, en el despacho privado del juez Garza, donde el aire acondicionado estaba descompuesto. Elena, de 31 años, doctora pediatra de profesión, estaba de pie frente al escritorio de su padre. Había acudido a él desesperada. Su exesposo, Mateo, 1 hombre machista, manipulador y sin empleo fijo, la estaba extorsionando emocionalmente con la custodia de Sofía, quien entonces tenía solo 3 años. Mateo no pagaba la renta, no tenía dinero y, por pura crueldad, hacía que la pequeña durmiera en los asientos traseros de su coche cuando le tocaban las visitas de fin de semana, todo para castigar a Elena.

Esa tarde, el juez Garza escuchó a su hija con 1 expresión fría, evaluadora, la misma que usaba para sentenciar criminales. Cuando ella le suplicó que usara sus influencias para proteger a su nieta de ese abuso, Arturo se negó rotundamente. Le dijo que debía mantener su “neutralidad”, que el qué dirán destruiría sus 23 años de carrera intachable y que ella debía resolver sus problemas por las vías legales tradicionales. “Sofía lleva 3 años de vida y su padre la hace dormir en 1 auto, ¡y tú me hablas de cuidar tu prestigio!”, había gritado Elena con lágrimas de rabia. “Cuando decidiste que ser juez era más importante que ser mi padre, lo toleré. Pero ahora se trata de mi hija. Si no me ayudas, te juro que no volverás a saber de nosotras”.

Elena cumplió su promesa. Bloqueó a su padre de su vida. Y el juez Garza, demasiado orgulloso como para admitir su cobardía, se escudó en su trabajo. Pero ahora, en el presente, la voz de su hija resonaba en la sala del tribunal a través de 1 teléfono robado.

“Mamá, estoy en 1 lugar muy aburrido”, decía Sofía por el celular. “Hay 1 señor de negro ahí arriba. Se estaba riendo de mí”.

La respiración del juez Garza se cortó. Sofía había encontrado el nombre “Abuelo Arturo” en la lista de contactos del celular del abogado Fernando Valdés. ¿Por qué el abogado de Mateo tendría su número guardado así? La respuesta golpeó a Arturo con la fuerza de 1 tren de carga: el licenciado Valdés era el abogado defensor de Mateo en el juicio de custodia, y el secretario del juzgado seguramente había guardado el contacto del juez en ese teléfono por protocolos burocráticos.

“Sofía… pásame a tu abuelo”, se escuchó la voz de Elena, tensa, quebrada por algo mucho más profundo que el enojo. La niña estiró sus pequeños brazos y le entregó el teléfono directamente al imponente juez Garza.

El magistrado bajó lentamente del estrado, descendiendo los 3 escalones de madera que lo separaban del nivel de los mortales. Cruzó los metros de distancia y tomó el aparato. “Elena…”, susurró, con la garganta seca.

“Papá”, respondió ella. La palabra llevaba el peso de 2 décadas de ausencias, de cumpleaños ignorados, de prioridades equivocadas. “Mateo me demandó hace 2 meses exigiendo la custodia total de Sofía. Dijo frente al tribunal que soy 1 madre incapacitada”.