El juez Garza fue el primero en notar la travesura. Había observado a la niña de reojo desde el estrado. Minutos antes, Sofía estaba sentada junto a su abuela en las bancas de madera del fondo de la sala y, de repente, simplemente desapareció. Luego, se escuchó el discreto sonido táctil de las teclas de 1 celular marcando 1 número. Cuando el juez bajó la mirada, vio a la pequeña de 5 años en el centro del tribunal, sosteniendo el aparato contra su rostro, mirándolo con la misma tranquilidad con la que 1 niño miraría 1 árbol en el parque.
“¿Qué estás haciendo ahí, muchachita?”, preguntó el juez Garza, sin poder ocultar su enorme sonrisa burlona. “Llamando”, respondió Sofía, como si la respuesta fuera la cosa más obvia del planeta. “¿A quién?”, insistió el magistrado. “A quien yo quiera”, sentenció la niña. Fue en ese exacto instante cuando las carcajadas del juez estallaron. El licenciado Valdés abrió la boca para protestar por el robo de su dispositivo, pero al ver la diversión del temido juez Garza, decidió que era más prudente guardar silencio.
“Llama a quien quieras, chamaca”, repitió el juez, con la voz ahogada por la diversión. “Llama a quien se te dé la gana”.
Y entonces, el teléfono dio tono. 1 segundo después, alguien contestó la llamada.
La risa del juez Garza no se detuvo de forma abrupta, sino que se fue apagando lentamente, con la angustiosa lentitud de 1 hombre que de pronto comprende que acaba de cometer el error más grande de su existencia. Sus cejas, pobladas y grises, se arquearon hacia arriba, y el tribunal entero, que 1 segundo antes era un circo, quedó sumergido en 1 silencio sepulcral. A través del altavoz del teléfono celular, resonó 1 voz clara y nítida. Era 1 voz que el juez Arturo Garza conocía a la perfección, 1 voz que no había escuchado en 2 largos años. Nadie en esa sala estaba preparado para lo que estaba a punto de ocurrir.