Emilia la apretó contra su pecho, asintiendo con la mirada fija en sus zapatos. Daniel sonrió, pero era una sonrisa cargada de esa tristeza gris que se le había instalado en el rostro hacía meses.
—Muy bien. Vámonos antes de que el tráfico de la Ciudad de México se ponga peor.
En cuanto escuchó la puerta del garaje, Verónica reaccionó. Su idea era absurda, humillante, el acto de una mujer que había perdido el control de su propia realidad, pero ya no había marcha atrás. Mientras ellos subían al auto, ella se deslizó por la puerta lateral, abrió la cajuela con una lentitud milimétrica y se metió dentro.
Oscuridad total. El olor a llanta, a la alfombra caliente del coche y a una caja de herramientas olvidada la envolvió. Escuchó el motor arrancar. Emilia comenzó a tararear una canción muy bajito, una melodía que Verónica no reconoció. ¿Desde cuándo su hija cantaba eso? ¿Desde cuándo Daniel tenía esos horarios tan exactos?