*** PARTE 1 ********
En una mansión de Las Lomas de Chapultepec, el silencio pesaba más que los candelabros de cristal.
Eduardo Salazar lo sentía en cada rincón. En la escalera de mármol. En los pasillos interminables. En el comedor donde antes se escuchaban risas. Y, sobre todo, en el cuarto de su hijo.
Emiliano tenía siete años y llevaba dos sin pronunciar una sola palabra.
Desde la desaparición de su madre, el niño se había convertido en una sombra pequeña y triste que caminaba por la casa abrazando un oso de peluche viejo. Veintitrés cuidadoras habían pasado por aquella mansión. Ninguna duró. Algunas lloraron. Otras renunciaron en un día. Una incluso dijo que aquella casa parecía embrujada por el dolor.
Por eso, cuando la agencia llamó para decir que había una última candidata, Eduardo ni siquiera quiso ilusionarse.
—Se llama Sofía Rojas —dijo la mujer al teléfono—. Tiene experiencia con niños en situaciones difíciles.
—Necesito ser claro —respondió Eduardo, agotado—. Mi hijo no habla, no juega, no sonríe. Ya intentamos terapeutas, médicos, todo. Nada funcionó.
Del otro lado hubo un breve silencio.
—A veces —dijo la voz suave de Sofía—, los niños no necesitan que los obliguen a volver. Necesitan sentir que alguien sabe por qué se fueron.
Aquella frase dejó a Eduardo inmóvil.
Aceptó verla esa misma tarde.
Cuando sonó el timbre, la vieja ama de llaves, doña Teresa, abrió la puerta. Frente a ella había una mujer de unos veintiocho años, vestida con sencillez impecable. Llevaba un pequeño equipaje, el cabello recogido y un velo fino cubriendo el lado derecho de su rostro.
—Buenas tardes —dijo con una calma extraña—. Soy Sofía.
Eduardo la condujo al salón principal. Mientras avanzaban, notó que ella observaba cada detalle con demasiada atención, como si ya conociera la casa o estuviera buscando algo perdido dentro de ella.
—¿El niño está en su cuarto? —preguntó Sofía de pronto.
Eduardo se detuvo.
—¿Cómo sabe que es un niño?
Sofía parpadeó, como si hubiera cometido un error.
—La agencia me dio algunos datos básicos. Perdón.
Se sentaron frente a frente. Eduardo le habló de Emiliano, de cómo antes era alegre, hablador, curioso. Le habló también de su esposa, Mariana, y de la versión que llevaba dos años repitiéndose para no romperse por dentro: que se había ido después de una discusión terrible, que tal vez no pudo soportar la vida en aquella familia.
Sofía escuchó todo sin interrumpir, hasta que hizo una pregunta que lo desarmó.
—¿Usted realmente cree que una madre enamorada de su hijo se va sin despedirse?
Eduardo sintió un golpe seco en el pecho.
No respondió.
Sofía pidió ver al niño.
—Lo más probable es que no reaccione —advirtió Eduardo—. Se esconde de todos.
—Aun así quiero intentarlo.
Cuando abrió la puerta del cuarto, el aire parecía distinto. Emiliano estaba sentado junto a la ventana, abrazando su oso, con los ojos fijos en ninguna parte.
Sofía no se acercó demasiado. Se sentó en el suelo, a prudente distancia.
—Hola, Emiliano —susurró—. Yo me llamo Sofía.