Tras tres años de silencio, el hijo del millonario reaccionó inesperadamente ante su nueva ama de llaves.

Nada.

Ella bajó la mirada al oso de peluche.

—Ese osito está cansado de escuchar tantos silencios.

El niño no respondió, pero sus dedos se apretaron más alrededor del peluche.

Entonces Sofía comenzó a tararear una canción de cuna. Muy despacio. Tan suave que parecía un recuerdo más que una melodía.

Emiliano levantó la cabeza.

Sus ojos, apagados desde hacía dos años, tuvieron un pequeño destello.

Sofía lo vio. Y en ese instante supo que había acertado.

—Conoces esta canción, ¿verdad? —preguntó.

El niño no habló, pero sus labios temblaron.

Luego, casi con miedo, arrastró desde debajo de la cama un montón de dibujos. En casi todos aparecía la misma escena: un hombre alto, una mujer de cabello largo y un niño pequeño. En algunos, la mujer estaba tachada con crayón negro, como si alguien hubiera querido borrarla del mundo.

Sofía contuvo las lágrimas.

—La extrañas mucho —murmuró.

Emiliano bajó la cabeza.

Y una sola lágrima rodó por su mejilla.

Cuando Sofía salió del cuarto veinte minutos después, Eduardo la esperaba con la ansiedad clavada en el rostro.

—¿Qué pasó?

—Me dejó quedarme —respondió ella—. Y me mostró sus dibujos.

Doña Teresa, que escuchaba desde el pasillo, se santiguó.

—Eso no lo hace con nadie.

Sofía miró otra vez hacia la puerta cerrada del cuarto.

—Mañana empezaré —dijo—. Pero le advierto algo, señor Salazar… en esta casa hay verdades que no se han dicho.

Y antes de que Eduardo pudiera preguntarle a qué se refería, ella subió las escaleras con su pequeña maleta, mientras el eco de aquella canción parecía seguir flotando en la casa.

******** PARTE 2 ********

Al día siguiente, Sofía preparó el desayuno de Emiliano exactamente como a él le gustaba: leche tibia con chocolate, pan tostado en triángulos y mermelada de fresa.

Doña Teresa la observó sorprendida.

—¿Cómo supo que así lo prefiere?

Sofía sonrió apenas.

—Lo adiviné.

Pero no era verdad.