La primera noche que mi esposo regresó después de tres años fuera, noté que ya no dormía boca arriba: me rodeaba la cintura como si llevara años haciéndolo. Cuando pregunté “¿Quién te acostumbró a abrazar así?”, me contestó fríamente: “Mientras cierres los ojos, este matrimonio puede continuar”. No lloré delante de él; guardé mi teléfono y esperé hasta la mañana, cuando apareció la mujer que podía destruirlo todo.

PARTE 1

—Si finges que no sabes nada, puedes seguir siendo mi esposa.

Sebastián lo dijo a oscuras, con una calma que me heló más que cualquier confesión.

Acababa de preguntarle por qué, después de tres años trabajando fuera de Monterrey, había regresado con la costumbre de abrazarme por la cintura mientras dormía. Antes jamás lo hacía.

—¿Quién te enseñó a dormir así? —pregunté.

Su brazo se retiró de mi cuerpo.

Se levantó, salió al balcón y encendió un cigarro.

—Mariana, hay cosas que no te cuento porque no necesitas saberlas. Camila no es como las demás. Si tú no haces un escándalo, ella nunca tendrá por qué molestarte.

Así, sin vergüenza.

Como si yo fuera la intrusa.

—Entonces elige —le dije—. Ella o yo.

Sebastián apretó la mandíbula.

Durante tres años yo había esperado su regreso mientras él dirigía una expansión del Grupo Alcázar en Centroamérica. Habíamos hablado de tener hijos cuando volviera, de celebrar por fin la boda grande que nunca tuvimos, de recuperar el tiempo perdido.

Pero desde la primera noche entendí que algo no encajaba.

Sebastián llegaba a casa recién bañado. Siempre.

Podía quitarse el perfume de otra mujer, pero no había pensado que yo reconocería el aroma dulce del gel corporal que él jamás compraba.

Esa mañana había encontrado algo peor.

Camila Ríos, veintisiete años, asistente de su oficina internacional.

Sebastián había financiado el negocio de su hermano, pagado la remodelación de la casa de sus padres en Veracruz y viajado expresamente al cumpleaños sesenta de la madre de Camila.

Mientras tanto, en tres años, jamás había regresado por mi cumpleaños.

Cuando se lo mencioné, sus ojos bajaron.

Por un segundo creí ver culpa.

Entonces me abrazó.

—Dame tiempo. Voy a terminar con ella.

Aquellas palabras todavía tenían el tono del hombre del que me enamoré. Pero yo ya sabía que ese hombre no existía igual.

Esa noche Sebastián durmió en la habitación de huéspedes.

A las dos de la mañana bajé por agua y escuché su voz.

Estaba haciendo una videollamada.

—¿Por qué le dijiste de mí? —preguntaba Camila con voz infantil—. Ahora seguro me odia.

Sebastián soltó una risa que hacía años no escuchaba conmigo.

—Mientras yo esté aquí, nadie te va a hacer nada.

Hubo un silencio.

—Ven mañana temprano. Quiero desayunar algo hecho por ti.

Me quedé inmóvil.

A la mañana siguiente bajé todavía en pijama.

Camila ya estaba allí.

Joven, arreglada, sonriente, abrazada al hombre que todavía era mi esposo.

Al verme, se escondió detrás de él.

—Ay… perdón. Me da miedo que ella se enoje.

Sebastián me miró inmediatamente, como si yo fuera una amenaza.

Después me presentó:

—Mariana, ella es Camila.

Yo bajé otro escalón.

Camila caminó hacia mí con un plato en las manos.

Y antes de que pudiera tocarla, se dejó caer al suelo.

Sebastián corrió a levantarla.

—¡Mariana! ¡Te dije que no la lastimaras!

Me quedé mirándolo.

—Yo no la empujé.

—Camila es muy delicada. No puedes comportarte así.

Le repetí:

—No la empujé. Mírame y dime que me crees.

Sebastián dudó.

Solo unos segundos.

Después Camila se abrazó a su pecho llorando.

Y él dejó de mirarme.

En ese instante comprendí que mi matrimonio no acababa de romperse.

Llevaba tres años muerto.

Y lo que hice después fue algo que ninguno de los dos habría imaginado.

PARTE 2

Dos días después, Sebastián dejó de esconder a Camila.

Primero la llevó a reuniones de empresa.

Después a cenas.

Finalmente, a fiestas donde todos nuestros amigos sabían perfectamente que yo seguía siendo su esposa.

Camila pasó de ser “la asistente” a convertirse en la mujer que caminaba tomada de su brazo.

Lo curioso era que Sebastián seguía insistiendo en que no quería divorciarse de mí.

En una fiesta de cumpleaños, uno de sus amigos terminó diciéndole:

—Sebastián, ya estuvo. Mariana es tu esposa. No puedes llegar con otra mujer y esperar que todos actuemos como si fuera normal.

Yo había llegado sola.

Sebastián me vio desde el otro lado del salón y, quizá avergonzado por las miradas, soltó a Camila.

Caminó hasta mí y me sujetó por la cintura.

—Tú sabes que nadie puede ocupar tu lugar.

Después, delante de ella, me besó en la mejilla.

Camila sonrió.

Pero sus ojos estaban llenos de rabia.

Entonces decidí dejar de competir.

Y empecé a pensar.

Esa misma noche escuché a Sebastián hablar con sus amigos en un salón privado.

—Claro que quiero a Camila —dijo—, pero Mariana es otra cosa. Estoy enojado porque volvió a acercarse a su familia. Los Cárdenas me humillaron durante años.

Mi familia nunca quiso que me casara con él.

Mi padre decía que Sebastián no me amaba tanto como amaba todo lo que podía conseguir a través de mí.

Yo defendí a Sebastián.

Me alejé de mis padres.

Me casé por lo civil sin fiesta porque él aseguraba que primero necesitaba consolidarse dentro del Grupo Alcázar.