Parte 1
“Mamá, ya no quiero jugar el juego de papá. Me da mucho frío cuando me deja solo abajo.”
Verónica Salgado se quedó inmóvil en medio de la cocina.
Eran las 5:18 de la mañana. Había regresado antes de lo habitual del hospital en Guadalajara porque una cirugía programada se había cancelado. Después de casi 12 horas de turno, solo quería quitarse los zapatos, ducharse y dormir un par de horas antes de preparar a Mateo para el kínder.
Pero encontró a su hijo de 5 años acurrucado en el piso de la cocina.
Tenía una cobija delgada encima, su elefante de peluche apretado contra el pecho y los pies desnudos.
“¿Qué juego, mi amor?”
Mateo bajó la mirada.
“El de quedarme aquí hasta que papá baje.”
Verónica sintió un hueco en el estómago.
“¿Tu papá está arriba?”
El niño asintió.
“Con la tía Daniela.”
El cansancio desapareció de golpe.
Daniela era la hermana menor de Verónica.
Verónica subió las escaleras sin quitarse siquiera el uniforme de enfermera.
Al llegar al pasillo escuchó una puerta abrirse.
Daniela salió del cuarto de visitas acomodándose el cabello. Llevaba una blusa que Verónica reconoció de inmediato porque se la había regalado en Navidad.
Detrás apareció Mauricio, su esposo, con el rostro pálido.
Durante varios segundos nadie habló.
Luego Mauricio murmuró:
“Verónica, puedo explicarlo.”
Ella no gritó.
No lloró.
Solo señaló hacia las escaleras.
“Mateo está durmiendo en el piso de la cocina.”
Mauricio tragó saliva.
“Se quedó viendo caricaturas. Seguro se durmió ahí.”
Verónica lo miró fijamente.
“Me dijo que tú lo mandaste abajo.”
Daniela frunció el ceño.
“¿Qué?”
“Le dijiste que era un juego. Que tenía que quedarse callado hasta que tú bajaras.”
Mauricio levantó las manos.
“Estás sacando esto de proporción.”
Aquella frase fue peor que una confesión.
Verónica bajó, tomó a Mateo en brazos y empezó a guardar algunas cosas en una mochila.
Mauricio la siguió.
“¿A dónde vas?”
“A un lugar donde mi hijo pueda dormir en una cama.”
“También es mi hijo.”
Verónica se giró.
“Entonces explícame por qué pasó la noche en el suelo mientras tú estabas acostándote con mi hermana.”
Daniela comenzó a llorar.
“Vero, él me dijo que ustedes ya no tenían una relación. Me dijo que solo seguían juntos por Mateo.”
Verónica soltó una risa seca.
“¿Y por eso entraste a mi casa?”
“Me dijo que tú eras fría, que nunca estabas, que prácticamente vivían separados.”
Mauricio explotó.
“¡Porque es verdad! Nunca estás aquí. Vives en ese hospital. Yo soy quien se queda con Mateo.”
Verónica sintió que aquellas palabras escondían algo más.
Mauricio llevaba meses quejándose de sus turnos nocturnos. Sin embargo, él mismo había insistido en que siguiera aceptándolos porque necesitaban el dinero.
Ahora entendía por qué.
Mateo tiró suavemente de su uniforme.
“Mami…”
Verónica se agachó.
“¿Cuántas veces has jugado ese juego?”
Mateo contó con los dedos.
“Muchas.”