“¿Y siempre viene la tía Daniela?”
El niño miró a su padre antes de contestar.
Mauricio dio un paso hacia él.
“Mateo, mejor no digas cosas que no entiendes.”
Verónica se interpuso inmediatamente.
“No vuelvas a decirle qué puede contar.”
Daniela se quedó blanca.
“¿Muchas veces?”
Mateo asintió.
“A veces me da hambre, pero papá dice que no suba.”
Daniela se llevó una mano a la boca.
Mauricio intentó tomar a Verónica del brazo.
Ella se apartó.
“Ni me toques.”
Salió de la casa con Mateo y condujo hasta casa de su madre.
Dos horas después, mientras su hijo dormía por fin en una cama caliente, Verónica recibió 17 llamadas de Mauricio.
No respondió ninguna.
La número 18 fue de Daniela.
Verónica estuvo a punto de rechazarla.
Contestó.
“¿Qué quieres?”
Daniela lloraba.
“Necesito verte.”
“No tenemos nada que hablar.”
“Sí tenemos.”
Hubo un silencio.
“Vero… Mauricio no solo te estaba engañando conmigo.”
Verónica cerró los ojos.
“¿Qué más hizo?”
Daniela respiró temblorosamente.
“Lleva semanas diciéndome que pronto Mateo va a vivir con él.”
Verónica abrió los ojos.
“¿Qué estás diciendo?”
“Me dijo que iba a pedir la custodia.”
El corazón de Verónica comenzó a golpearle el pecho.
Daniela añadió:
“Y dijo que ya tenía cómo demostrar que tú eras una madre ausente.”
Fue entonces cuando Verónica comprendió que la infidelidad quizá era la parte menos peligrosa de todo aquello.
Y todavía no podía imaginar lo que Mauricio llevaba meses preparando a sus espaldas.