Parte 2
El sonido de la silla de Stephen Calder raspando contra el piso de la corte resonó con fuerza en la sala.
—¡Objeción, su señoría! —bramó el abogado, con el rostro alterado y gesticulando con desesperación hacia mi mesa—. La autenticidad de los documentos presentados no ha sido verificada de manera oficial. La señora Ellison está intentando manipular el procedimiento con tácticas dilatorias desesperadas.
La jueza Elaine Porter levantó una mano, deteniéndolo con la mirada firme que caracterizaba a los magistrados de carrera.
—Siéntese, abogado Calder. Aún no he revisado el documento, pero la señora Ellison tiene todo el derecho de hablar en su propia defensa. Adelante, continúe —ordenó la jueza.
Me puse de pie con total tranquilidad, enderezando la solapa de mi saco. Mis movimientos eran pausados, calculados, exactamente igual a como solía pararme ante un consejo de guerra militar.
—Gracias, su señoría —dije con voz clara y firme, que no tembló ni un solo segundo—. Lo que el abogado Calder intenta ocultar bajo objeciones prematuras no es un simple retraso. Es la prueba contundente de que el supuesto acuerdo de divorcio presentado por mi esposo fue redactado, alterado y firmado de manera fraudulenta utilizando una rúbrica falsificada.
En la mesa contraria, el color desapareció por completo del rostro de Andrew.
Se inclinó hacia su abogado y le siseó algo al oído, pero Calder ya estaba demasiado ocupado sudando frío mientras hojeaba desordenadamente sus propios expedientes.
—¿Falsificada? ¡Estás loca, Mara! —gritó Andrew perdiendo la compostura por primera vez, olvidándose de las formas de la corte—. ¡Ese documento tiene tu nombre!
—Silencio en la sala o lo haré desalojar, señor Ellison —advirtió la jueza Porter con voz gélida.
Saqué una segunda hoja de la carpeta, sosteniéndola en alto para que la vista del tribunal pudiera apreciarla.
—Durante siete años, la familia de mi esposo me consideró una simple ama de casa ignorante que no sabría diferenciar un contrato legal de una lista de compras —continué, mirando fijamente a Ruth y a Frank, quienes ya no se reían—. Nunca se molestaron en investigar quién era yo antes de llevar mi apellido. Jamás supieron que antes de casarme, mi especialidad no era precisamente la repostería, sino el derecho procesal y la auditoría de contratos corporativos complejos.