Esta vez cerré la computadora.
Salí al jardín.
Sofía corrió hacia mí.
—Mira.
Mango se dejó caer sobre el pasto de una manera tan exagerada que todos comenzamos a reír.
Y mientras estaba ahí, sentado sobre el césped con mis hijas, entendí algo que durante años había sido incapaz de ver.
Yo había construido edificios.
Hoteles.
Torres.
Centros comerciales.
Había comprado terrenos que costaban cientos de millones de pesos.
Pero había estado a punto de perder lo único que jamás habría podido comprar de nuevo.
La confianza de mis hijas.
El peligro no siempre entra por la ventana.
A veces uno mismo le abre la puerta.
Lo invita a cenar.
Le entrega las llaves.
Y confunde una sonrisa bonita con una buena persona.
Renata me enseñó esa lección de la peor manera.
Marisol me enseñó otra mucho más importante.