EPÍLOGO: LA MUJER QUE REGRESÓ A LA MONTAÑA
Cinco años después, la cabaña había cambiado por completo.
Reparamos el tejado, restauramos la chimenea y colocamos ventanas nuevas.
El jardín estaba lleno de flores.
La habitación donde Leo había escondido los documentos se convirtió en una pequeña biblioteca.
En una pared coloqué nuestras fotografías.
Y sobre la chimenea puse una placa de madera con sus palabras:
«Mi lugar favorito siempre será donde esté mamá».
La Fundación Leo Collins había ayudado a cientos de personas mayores.
Habíamos conseguido recuperar viviendas, detener fraudes familiares y proporcionar alojamiento a personas que habían sido abandonadas.
Una tarde de otoño, mientras recogía hojas del jardín, recibí la visita de una periodista.
Quería hacerme una entrevista.
—Señora Collins, ¿es cierto que su nuera la echó de una propiedad de cuatro millones de dólares y que usted terminó heredando un patrimonio mucho mayor?