PARTE 2: “¿Alejandro?” apenas pude decir.

Ricardo había regresado antes que yo.

Sus camisas estaban tiradas sobre el sofá. Varios cajones habían sido abiertos y algunos documentos habían desaparecido.

Entré directamente al dormitorio.

Mi viejo armario seguía en el mismo lugar.

Busqué una caja de madera que había pertenecido a mi madre. Estaba detrás de unas mantas.

La abrí.

Allí estaban las fotografías, una pulsera infantil, algunas cartas y, finalmente, el sobre amarillento.

Lo reconocí inmediatamente.

Mi nombre estaba escrito con una letra que nunca había podido olvidar.

Mariana.

Me senté en el suelo y abrí la carta.

La leí una vez más.

Pero aquella mañana observé algo que nunca había notado.

En la parte inferior aparecía una dirección.

Una dirección de Puebla.

Y una firma.

No era la de Alejandro.

Era la de su padre.

El hombre que siempre había considerado que yo no estaba a la altura de su familia.

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