Era una mujer de cuarenta y nueve. Había vivido doce años con un hombre que me había humillado, había construido una vida llena de sacrificios y acababa de descubrir que mi matrimonio era una mentira.
—Alejandro, no puedes aparecer después de treinta años y esperar que todo vuelva a ser como antes.
Él bajó la mirada.
—No espero eso. Solo quiero conocer la verdad. Y, si me lo permites, quiero que esta vez nadie decida por nosotros.
PARTE 4: LA CARTA QUE CAMBIÓ TODO
A la mañana siguiente regresé a mi casa.
O, mejor dicho, a la casa que había compartido con Ricardo.
Había dormido apenas unas horas en una habitación del hotel. Alejandro había insistido en proporcionarme seguridad, pero me negué a aceptar cualquier cosa que pudiera hacerme sentir nuevamente dependiente de un hombre.
Cuando abrí la puerta, encontré el salón desordenado.