Alejandro y yo nunca recuperamos los treinta años que nos habían robado.
Pero construimos algo que ninguno de los dos había imaginado cuando éramos jóvenes.
Una vida sin mentiras.
Una vida sin miedo.
Una vida donde el amor no exigía silencio.
Y, sobre todo, una vida donde yo ya no necesitaba esconderme.
Porque aquella noche, cuando Ricardo me dijo que me quedara detrás y que no hablara con nadie, creyó que estaba avergonzándose de una mujer sin importancia.
No sabía que estaba a punto de mostrarle al mundo quién era realmente.
Tampoco sabía que la mujer a la que había tratado como una sirvienta terminaría dirigiendo una empresa que daría trabajo a cientos de personas.
Ni que el hombre al que había intentado impresionar sería quien reconocería su talento.
Pero lo más importante era otra cosa.