Sino porque quería recordar que una mujer podía reconstruirse sin pedir permiso.
El primer diseño fue un vestido azul marino.
El mismo color que había llevado aquella noche en el Hotel Gran Reforma.
Lo confeccioné personalmente.
Esta vez utilicé una tela de excelente calidad, pero conservé el corte sencillo y elegante que había imaginado años atrás.
Cuando terminé, lo coloqué en un maniquí.
Alejandro entró al taller.
Se quedó observándolo.
—Es hermoso.
Pasé los dedos por la tela.
—Es el vestido que Ricardo llamó barato.
Alejandro me miró.
—Entonces no sabía mirar.
Sonreí.
—Ahora lo sé yo.
La colección debutó seis meses después en un evento de moda y emprendimiento en Ciudad de México.
No era una fiesta de empresarios.
Era una exposición de diseñadoras mexicanas.
Había periodistas, compradores, familias y mujeres que habían llegado desde diferentes estados.