Miré el presupuesto donde aparecía mi nombre.
“Reducir más.”
“Yo sabía que aportaba”, dije.
Andrés asintió.
“Sí.”
“Pero él me hacía pedir permiso para comprar pañales.”
Andrés no respondió.
No hacía falta.
Aquel fue el momento en que comprendí algo mucho peor que una infidelidad:
Mauricio me había convencido de sentirme dependiente usando, en parte, dinero que siempre había sido mío.
Parte 3
Después de Año Nuevo cambié las instrucciones relacionadas con el fideicomiso.
Los futuros depósitos quedaron bajo mi control.
Recibí directamente la información financiera.
Nadie congeló las cuentas de Mauricio.
Mi padre no llamó a ningún juez.
Mi abuela no le quitó nada.
Simplemente dejamos de permitir que Mauricio decidiera cuánto dinero podía usar yo de mis propios recursos.
Cuando se enteró, llamó.
Dejé que entrara el buzón de voz.