“Dime qué necesitas.”
Casi me derrumbé al escuchar esas cuatro palabras.
Mientras ella cambiaba a mi hija, yo preparé la bolsa de Mateo.
Pañales.
Fórmula.
Medicamentos.
Credenciales médicas.
Ropa.
El cuaderno donde llevaba las temperaturas.
Luego guardé mi identificación, la laptop y unas cuantas prendas.
Mi madre había hablado durante el camino con Andrés Salgado, el abogado que trabajaba con el fiduciario encargado del fideicomiso que mi abuela Teresa había creado para mí años atrás.
Antes de casarme, mi abuela había insistido en que entendiera cada documento.
Mauricio odiaba aquellas reuniones.
“Nos vamos a casar”, decía. “Tu familia tiene que dejar de tratarme como si fuera un desconocido.”
Con el tiempo permití que parte de los rendimientos del fideicomiso entraran en nuestra cuenta familiar.
Parecía práctico.
Mauricio administraba pagos, inversiones y gastos.
Después del nacimiento de los gemelos, lo práctico se convirtió en otra cosa.