Me había hecho abrir el recibo en el teléfono y justificar cada compra mientras nuestra cena se enfriaba.
Fotografié el collar.
Volví a dejarlo exactamente donde estaba.
No llamé a Mauricio.
Llamé a mi madre.
“¿Camila?”
Su voz sonaba dormida.
Abrí la boca, pero no pude hablar.
Durante meses había cancelado comidas, rechazado visitas y repetido que todo estaba bien.
La verdad era que casi ninguna de esas decisiones había sido completamente mía.
“¿Qué pasó, hija?”
Emma empezó a llorar.
Tragué saliva.
“Mamá, necesito ayuda con los niños.”
Hubo un pequeño silencio.
“¿Quieres que vaya?”
En ese instante apareció el nombre de Mauricio en mi pantalla.
Había descubierto que me había enviado la fotografía.
No contesté.
Llegó un mensaje.
“Foto equivocada.”
Después otro.
“No es lo que parece.”
Y otro.
“Contesta.”
Miré mi muñeca.
Todavía quedaba una marca tenue de dos noches antes, cuando había intentado tomar su teléfono al aparecer el nombre de Renata y Mauricio me sujetó hasta que lo solté.