Durante mi ecografía de 3 meses, escuché a mi esposo decirle al médico: ‘Quítale el bebé y asegúrate de que nunca vuelva a ser madre’. Vi la jeringa acercarse a mi brazo y no grité. Solo mordí el pequeño botón escondido dentro de mi chaqueta. Él creía que estaba indefensa, pero no sabía quién recibiría aquella señal.

—¿Qué?

—Dígale que escapé. Nada más.

Una hora después llegué a la residencia familiar en las afueras de Ciudad de México.

Mi abuelo quiso movilizar abogados, investigadores y medio mundo contra Julián.

Lo detuve.

—No quiero que desaparezca, abuelo.

—Renata, intentó matar a tu hijo.

—Precisamente.

Me senté frente al escritorio y abrí una computadora que no usaba desde hacía cuatro años.

En la pantalla apareció el logotipo de Altair Capital.

El fondo de inversión que yo había creado antes de conocer a Julián.

El mismo fondo que, mediante sociedades que él jamás había investigado, había financiado silenciosamente su empresa desde sus primeros días.

Julián creía que había construido su imperio solo.

En realidad, yo había sostenido cada piso.

Llamé a Victoria Leal, directora pública de Altair.

—Retira nuestro respaldo a Varela Holdings.

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