Durante mi ecografía de 3 meses, escuché a mi esposo decirle al médico: ‘Quítale el bebé y asegúrate de que nunca vuelva a ser madre’. Vi la jeringa acercarse a mi brazo y no grité. Solo mordí el pequeño botón escondido dentro de mi chaqueta. Él creía que estaba indefensa, pero no sabía quién recibiría aquella señal.

El doctor lo vio.

—¿Qué hiciste?

La aguja bajó hacia mí.

Pateé la bandeja metálica.

Instrumentos y frascos cayeron al suelo.

Uno se rompió.

Conseguí atrapar un fragmento de vidrio y corté la correa de mi muñeca derecha. El doctor trató de sujetarme y lo golpeé con la palma debajo de la mandíbula.

La jeringa salió volando.

Entonces escuchamos un estruendo en el pasillo.

Otro.

Y otro.

El doctor se quedó inmóvil.

La puerta de seguridad cedió.

Entraron hombres vestidos con equipo táctico. Al frente caminaba Ramiro Ortega, jefe de seguridad de mi familia desde que yo era adolescente.

Se acercó a la camilla, cortó las correas y se quitó la chaqueta para cubrirme.

—Señorita Montemayor.

El doctor Salgado palideció.

—¿Montemayor?

Ramiro me ayudó a levantarme.

—Su abuelo la está esperando.

Antes de salir miré al médico.

Ya no estaba temblando.

—Dígale a Julián que el procedimiento salió mal.

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