—Tranquila, señora Varela.
Intenté incorporarme.
Las correas me lo impidieron.
—¿Qué me van a poner?
Su sonrisa desapareció.
—Algo para que deje de complicarnos el día.
Forcejeé mientras él acercaba la aguja.
Y entonces recordé lo que llevaba escondido en el forro de mi chaqueta.
Un transmisor diminuto.
Mi abuelo me lo había obligado a conservar años atrás.
Porque antes de convertirme en Renata Salas, la esposa aparentemente huérfana de un empresario exitoso, yo había sido Renata Montemayor.
Única nieta de Arturo Montemayor.
Fundador de uno de los grupos privados de tecnología de defensa más poderosos de México.
Había abandonado mi apellido después de enamorarme de Julián. Quería demostrar que alguien podía amarme sin saber cuánto dinero, poder o influencia había detrás de mí.
Qué ironía.
Incliné la cabeza, alcancé el borde de la chaqueta con los dientes y presioné el botón oculto.