No era la voz del hombre que me besaba cada noche.
Era fría.
—¿Está todo preparado?
—Sí, señor Varela —respondió el doctor Salgado—. El personal que podría hacer preguntas ya salió del piso.
Hubo unos segundos de silencio.
Después Julián dijo las palabras que partieron mi vida en dos.
—Interrumpa el embarazo. Y aproveche la anestesia para quitarle el útero. Quiero asegurarme de que Renata nunca pueda volver a tener hijos.
Sentí que el aire desaparecía.
El doctor dudó.
—Eso dejará consecuencias imposibles de ocultar.
—Yo me encargaré.
Entonces escuché el nombre.
—Ximena será la madre de mis hijos. Ella sí merece darme un heredero. Renata ya cumplió su función.
Ximena Cárdenas.
La mujer que Julián siempre describía como “una vieja amiga de la universidad”.
Cerré los ojos y por un instante quise pensar que había entendido mal.
Pero el doctor Salgado entró con una jeringa en la mano.