Durante mi ecografía de 3 meses, escuché a mi esposo decirle al médico: ‘Quítale el bebé y asegúrate de que nunca vuelva a ser madre’. Vi la jeringa acercarse a mi brazo y no grité. Solo mordí el pequeño botón escondido dentro de mi chaqueta. Él creía que estaba indefensa, pero no sabía quién recibiría aquella señal.

No habló del pasado.

No mencionó nuestra antigua boda.

Cuando terminamos el postre, dejó una pequeña caja sobre la mesa.

Me quedé inmóvil.

—Sebastián…

—No es un anillo.

Abrí la caja.

Dentro había una llave.

—¿Qué es?

—La casa que compré al lado de la escuela de Leo.

Lo miré.

—¿Compraste una casa?

—Sí.

—¿Y por qué me das la llave?

Sonrió.

—Porque Leo dijo que mi departamento era demasiado pequeño para sus dinosaurios.

Me reí.

Era la primera vez en años que algo relacionado con formar una familia no me daba miedo.

Sebastián tomó mi mano.

—No quiero recuperar la vida que perdimos, Renata.

—Bien.

—Quiero construir otra contigo. Solo si tú también la quieres.

Esta vez no respondí inmediatamente.

Había aprendido que las decisiones importantes no necesitaban prisa.

Un año después nos casamos en una ceremonia pequeña en Valle de Bravo.

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