Bajó la cabeza.
—Estaba confundido.
—No, Julián. Estabas convencido de que yo era débil.
Se acercó un paso.
Los agentes lo detuvieron.
—Podemos arreglarlo.
Miré al hombre por quien había renunciado a mi apellido, a mi familia y a una parte entera de mi vida.
Durante años había pensado que amor significaba confiar sin preguntar.
Julián me enseñó lo contrario.
El amor sin respeto no era amor.
La confianza sin límites podía convertirse en una jaula.
—Lo único que vas a arreglar —dije— es tu declaración ante un juez.
Me di la vuelta.
Detrás de mí escuché cómo lo esposaban.
No volví a mirar.
Los meses siguientes fueron difíciles.
No por Julián.
Por Sebastián.
Descubrir que estaba vivo fue casi tan doloroso como haberlo perdido.
Una tarde nos encontramos en la casa de mi abuelo.
—Me observaste durante años —le dije.