Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

No tenía alberca.

No tenía mármol.

No tenía el portón enorme de la familia Alcázar.

Pero tenía 3 ventanales enormes en la sala.

Valeria los eligió.

Yo cambié de trabajo para poder estar en casa todas las noches.

Ya no quería construir una vida donde mi hija tuviera que mirar el calendario para saber cuándo volvería a ver a su padre.

A veces todavía despertaba por pesadillas.

A veces preguntaba por Verónica.

Nunca intenté llenarla de odio.

Le expliqué que perdonar, si algún día decidía hacerlo, no significaba regresar al lugar donde alguien había demostrado que no podía protegerla.

Una tarde la encontré sentada junto al ventanal haciendo su tarea.

Había empezado a llover.

Valeria levantó la mirada hacia el cristal.

—Papá.

—¿Qué pasó?

—Creo que ya no me da miedo mirar por las ventanas.

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