Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

Salimos del juzgado tomados de la mano.

Ella ya caminaba con un bastón ligero.

En las escaleras se detuvo.

—¿Ya vamos a casa?

—Sí.

—¿A nuestra casa?

La pregunta me hizo detenerme.

Para mí, casa era un lugar.

Para Valeria, esa palabra había llegado a significar miedo.

Secretos.

Puertas cerradas.

Adultos que fingían no ver.

Me agaché hasta quedar frente a ella.

—A nuestra casa.

—¿Cómo va a ser?

Pensé en contarle sobre la cocina.

El jardín.

Su nueva escuela.

Su habitación.

Pero nada de aquello era lo importante.

—Va a ser un lugar donde nadie te pida guardar un secreto que te haga daño.

Valeria sonrió.

—¿Y tendrá ventanas grandes?

Sentí un nudo en la garganta.

—Las más grandes que encontremos.

—¿Con cortinas?

—Sí.

Frunció la nariz.

—Entonces yo voy a decidir cuándo se cierran.

Sonreí.

—Trato hecho.

Compramos una casa pequeña a las afueras de Guadalajara.

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