PARTE 2: El desayuno servido

Entonces Valeria colocó un documento frente a él.

—Hay otra cuestión que debe comprender.

Rodrigo lo miró.

Era la escritura de la casa.

La misma casa en la que me había golpeado la noche anterior.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

Sonreí apenas.

—Significa que nunca fue tu casa, Rodrigo.

Le expliqué que la propiedad había sido adquirida mediante un fideicomiso familiar creado por mi padre muchos años antes de nuestro matrimonio.

Mi apellido de soltera, que siempre había aparecido primero en los documentos, no era una casualidad.

Yo era la beneficiaria y titular de los derechos correspondientes sobre aquella propiedad.

Rodrigo había vivido allí porque yo se lo había permitido.

Había organizado fiestas, recibido empresarios y presumido de aquella mansión como si la hubiera comprado con su propio esfuerzo.

Pero nunca se había tomado la molestia de leer los documentos.

—No puedes hacerme esto —murmuró.

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