PARTE 2: El desayuno servido

Quité las fotografías de nuestro matrimonio.

Doné los muebles que me recordaban aquellos años.

Pinté la cocina de un color cálido y coloqué flores frescas junto a la ventana.

Una mañana de domingo me desperté temprano.

Preparé chilaquiles verdes, corté fruta, calenté pan dulce y preparé una jarra de café de Coatepec.

El mismo café por el que Rodrigo me había golpeado.

Pero esta vez no había miedo.

No había órdenes.

No había nadie esperando que me equivocara.

Puse dos platos sobre la mesa.

El segundo era para mi hermana, que había venido a pasar el fin de semana conmigo.

Cuando llegó, me encontró mirando por la ventana.

—¿En qué piensas? —preguntó.

Sonreí.

—En que durante mucho tiempo pensé que una casa era un lugar donde tenías que demostrar que merecías estar.

Mi hermana se acercó y me abrazó.

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