“Basta, Sofía.”
Me pidió que acostara a Camila.
Y lo hice.
No porque le creyera.
Porque comprendí que, si discutía más, Julián sabría que yo había dejado de creerle.
A la mañana siguiente esperé a que él saliera hacia su oficina.
Después manejé hasta una tienda de electrónica lejos de nuestra colonia y compré una grabadora diminuta.
Esa tarde abrí discretamente el forro de la mochila rosa de Camila y escondí el aparato dentro.
Esperé 6 días.
El siguiente jueves me despedí de mi hija en la entrada de la escuela intentando sonreír.
“¿Vendrás tú por mí, mamá?”
Sentí algo frío en el pecho.
“Muy pronto, corazón.”
Marcos llegó por ella.
Horas después volvió a cargarla hasta nuestra casa.
Otra vez estaba inconsciente.
Otra vez Julián me llamó exagerada.
Aquella noche esperé hasta que ambos estuvieran dormidos.