A veces llevaba a su hija cuando terminaban las clases.
Yo sabía poco de su vida, pero ella había observado algo que nadie mencionaba delante de mí.
Después de determinadas visitas de la clínica, mis dolores empeoraban.
Algunas mañanas trabajaba normalmente y, horas después de recibir tratamiento, apenas podía mantener una conversación.
Aquella tarde llamé a Enrique Solórzano, mi abogado personal.
Le pedí ayuda para conseguir una evaluación médica independiente y una copia completa de mi expediente.
Todavía estábamos hablando cuando apareció Gerardo Valcárcel.
Gerardo llevaba 18 años asesorándome.
Conocía nuestras rutas, contratos y socios mejor que casi cualquier otra persona.
—Amalia me llamó —anunció—.
No podemos convertir lo que dijo una niña en un problema.
Los médicos conocen perfectamente ese implante.
Sentí que algo se me helaba en el pecho.
—¿Qué implante?