Nora corrió a saludarme.
—Señor Leandro, ¿ya no tiene la bolita?
Me agaché para mirarla a los ojos.
—Los médicos me ayudaron a quitar el aparato cuando decidimos que era lo mejor.
Pero todavía tengo que cuidarme.
La niña meditó mi respuesta.
—Entonces ya puede ponerse bufandas sin que le moleste.
Lourdes sonrió.
Yo también.
Después Nora comenzó a explicarme su último dibujo: una jirafa que quería aprender a nadar.
La escuché hasta que volvió con sus amigas.
Aquella noche regresé a casa y atravesé la sala donde todo había comenzado.
Seguían allí la mesa y la silla bajo la que había caído el elefante de trapo.
Recordé a una niña de 5 años señalando mi nuca y a Amalia respondiendo antes de que yo pudiera formular una pregunta.
Durante 3 años había tenido miedo de mi propia fragilidad.