La hija de 5 años de mi empleada señaló mi nuca y dijo: “Señor, tiene algo debajo de la piel”. Mi prometida intervino de inmediato: “Solo es una cicatriz vieja, cariño”. Después de 3 años sufriendo constantes lagunas de memoria, pedí que me examinara un médico independiente y exigí mi historial clínico completo. Entonces apareció un correo que yo mismo había enviado 2 años antes… y su contenido contradecía lo que figuraba en mi expediente médico.

Nora corrió a saludarme.

—Señor Leandro, ¿ya no tiene la bolita?

Me agaché para mirarla a los ojos.

—Los médicos me ayudaron a quitar el aparato cuando decidimos que era lo mejor.

Pero todavía tengo que cuidarme.

La niña meditó mi respuesta.

—Entonces ya puede ponerse bufandas sin que le moleste.

Lourdes sonrió.

Yo también.

Después Nora comenzó a explicarme su último dibujo: una jirafa que quería aprender a nadar.

La escuché hasta que volvió con sus amigas.

Aquella noche regresé a casa y atravesé la sala donde todo había comenzado.

Seguían allí la mesa y la silla bajo la que había caído el elefante de trapo.

Recordé a una niña de 5 años señalando mi nuca y a Amalia respondiendo antes de que yo pudiera formular una pregunta.

Durante 3 años había tenido miedo de mi propia fragilidad.

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