Las consecuencias también alcanzaron mis negocios.
Varios contratos quedaron sujetos a revisión, se separaron actividades legítimas de operaciones investigadas y se establecieron controles para proteger a trabajadores ajenos a los posibles actos ilícitos.
En algunos asuntos tuve que apartarme por posibles conflictos de interés.
Comprendí que recuperar la capacidad de decidir no significaba recuperar todos mis antiguos privilegios.
Lourdes formalizó su salida de la residencia y continuó trabajando en el servicio comunitario.
Nuestra relación nunca se convirtió en una amistad obligada ni en una historia de gratitud económica.
Tiempo después le envié una carta reconociendo la importancia de sus observaciones.
Me respondió deseando que recibiera la atención médica adecuada y recordándome que debía escuchar también a quienes trabajaban para mí.
Conservé aquella carta.
Meses más tarde coincidimos, mediante un encuentro previamente acordado, en una pequeña exposición infantil de un centro cultural de Veracruz.