La hija de 5 años de mi empleada señaló mi nuca y dijo: “Señor, tiene algo debajo de la piel”. Mi prometida intervino de inmediato: “Solo es una cicatriz vieja, cariño”. Después de 3 años sufriendo constantes lagunas de memoria, pedí que me examinara un médico independiente y exigí mi historial clínico completo. Entonces apareció un correo que yo mismo había enviado 2 años antes… y su contenido contradecía lo que figuraba en mi expediente médico.

—Gracias por señalar algo que necesitaba mirar.

Nora respondió con un árbol lleno de animales y unas palabras escritas como pudo:

—Los elefantes tienen amigos.

Guardé el dibujo.

Durante el invierno, los especialistas consideraron razonable retirar el estimulador debido a su utilidad limitada y a mis preferencias, después de explicarme los riesgos, beneficios y alternativas.

Firmé el consentimiento informado.

La intervención se realizó con la documentación técnica necesaria para que el dispositivo pudiera examinarse posteriormente siguiendo los procedimientos correspondientes.

Cuando desperté, seguía teniendo dolor.

No recordé milagrosamente los 3 años perdidos.

Tampoco desaparecieron todas las migrañas.

Pero había tomado aquella decisión con información suficiente.

Las revisiones posteriores reforzaron los indicios de que determinadas decisiones sanitarias habían recibido influencias indebidas para facilitar mis ausencias empresariales.

Las investigaciones siguieron su curso, sin que una sola prueba permitiera atribuir automáticamente todos mis síntomas a una persona o a un mecanismo.

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