—Sí.
Tu papá todavía está trabajando. ¿Te peleaste con Ben?
—¡No!
Y hagas lo que hagas, no lo llames.
Su respuesta me desconcertó.
Para entender mi miedo, hay que conocer la historia de esos muchachos.
Luke y Ben habían sido inseparables desde los 2 años.
Se conocieron jugando en un parque de Querétaro, cuando Ben le aventó arena a Luke y mi hijo se la devolvió.
Cinco minutos después estaban construyendo juntos un castillo.
Desde entonces crecieron prácticamente como hermanos.
Asistieron al mismo kínder, a la misma primaria y secundaria.
Jugaron futbol en el mismo equipo y compartieron cumpleaños, vacaciones y tardes enteras en nuestras casas.
Incluso tenían un saludo secreto que duraba 45 segundos.
Pero había algo que siempre llamaba la atención.
Se parecían demasiado.
Los dos eran altos y delgados, tenían cabello castaño oscuro, ojos entre grises y verdes, un hoyuelo en la mejilla izquierda y hasta un diente inferior ligeramente torcido.