—¿Esa fiesta era triste? —preguntó Oliver.
—Al principio. Ya no manda.
—¿Y nosotros?
—Vosotros estáis en casa. Conmigo. Con la tía Emily al otro lado del pasillo. Con gente que os quiere y que llama antes de subir.
Grace tocó la cinta.
—Mamá.
—Dime.
—Somos tu familia.
La frase me encontró de pie, junto a la cama, con el bolso todavía en el hombro porque se me había olvidado dejarlo en la entrada. Las cintas viejas asomaban por la cremallera, las que ella había guardado «por si mamá necesita un lazo». Me senté en el borde. Solté el bolso. Ellos se inclinaron sobre mí con el mismo ímpetu del jardín, los brazos abiertos, el cabello castaño y el vestido rosa sustituido por un pijama con estrellas.
—¡Mamá!
Los recibí. Esta vez no había copas rotas ni preguntas dichas para herir. Había olor a jabón, un álbum cerrado al alcance de la mano y la risa pequeña de Grace contra mi cuello.