Cuando Brielle se marchó, Preston se quedó el rato del café, de pie junto a la encimera para no ocupar las sillas de los niños. Miró la página abierta.
—En el jardín me reí —dijo—. Te pregunté si todavía te dolía no haberme dado una familia. Era una frase cruel y era falsa. Quiero dejar otra en esta cocina, y que se acabe ahí. Me diste, sin deberme nada, la verdad de dos hijos. Brielle y yo tenemos a Samuel. La familia no era un premio que yo pudiera exigir. Era una vida que ya estaba ocurriendo mientras yo miraba hacia otro lado. Gracias por no haberlos escondido cuando por fin pudiste mostrarlos.
No le pedí que repitiera la disculpa. Una vez, dicha así, bastaba.
—Yo tengo mi casa —respondí—. Ellos tienen sábados contigo y domingos aquí. Samuel tiene a su madre. Cynthia puede venir con fresas. Margaret tiene una silla en esta mesa cuando quiera. Eso es lo que hay. Me gusta lo que hay.