Margaret dejó la taza.
—Yo puedo entregar las copias. No quiero volver a esa oficina ni una hora. Quiero mi nombre fuera de sus sobres.
—Lo tendrás —dijo Preston.
Hablamos entonces de lo práctico, sin convertir la mañana en un contrato. Un abogado distinto del que me había cerrado el teléfono. Una cita el lunes, con los informes ya en la mesa, para dejar por escrito el reconocimiento y las visitas. Nada de discusiones delante de Oliver y Grace. Nada de periodistas. Nada de usar el jardín como escenario otra vez. Preston escuchó cada límite como quien aprende un idioma tarde.
En un momento, Oliver se asomó.
—¿Ya eres bueno? —le preguntó.
Preston se arrodilló.
—Estoy en ello. Si tu madre quiere, otro día te enseño a distinguir un nombre bueno de un nombre que todavía se está ganando el sitio.