Los niños desayunaban en el cuarto, con dibujos puestos. Les había dicho que la abuela de un cuento vendría más tarde y que no tenían que abrazar a nadie si no les nacía. Oliver aceptó el plan. Grace preguntó si la abuela del cuento traía galletas o solo sustos. No supe qué contestar. Cynthia, desde la puerta entreabierta, sí.
—Traigo las dos cosas, me temo. Y muchas ganas de aprender a dejar las galletas y llevarme los sustos.
Grace la miró un segundo y volvió a su plátano. No fue un perdón. Fue una tregua de tres años. A veces eso es más honesto que un abrazo.
El teléfono sonó a las nueve y cuarto. El laboratorio hablaba con una voz neutra, de las que leen un resultado igual que leerían un horario. Pedí que repitieran. Luego puse el altavoz, porque Preston ya estaba en la escalera —lo vi por la ventana, respetando el portal hasta que yo bajara— y porque Brielle esperaba en su coche, a media calle, sin atreverse a subir.