Brielle se llevó la mano al vientre, pero esta vez no fue un gesto de anuncio. Fue un gesto de protección.
—Mi hijo no es una duda. Y no voy a dejar que uses mi embarazo para amenazar a unos niños que están comiendo galletas al otro lado de la pared. Si me casé contigo, Preston, fue porque creí en lo que me contaste. Parte de lo que me contaste era falso. Eso lo vamos a hablar tú y yo, a solas. Pero la mentira del archivo no la conversamos en la almohada. La conversamos con el hospital.
Yo había escuchado bastante. El sobre me pesaba como si dentro hubiera crecido otra vida.
—No voy a poner a Oliver y a Grace delante de un tribunal de jardín —dije—. Tampoco voy a dejar que una frase tuya los vuelva imposibles. Preston puede pedir su historial. Yo pediré que un laboratorio, uno solo, compare lo que haya que comparar, en privado, y que el resultado se diga con respeto. Si son hijos suyos, tendrán su nombre y su lugar. Si no lo fueran, seguirían siendo míos y esta conversación habría terminado. Pero tú no vas a decidir el final en la grava.