Y podía mirar cada factura sin preguntarme si detrás había sangre.
Una tarde recibí una invitación.
Gala del Solsticio.
Me reí.
La tiré.
Dos horas después apareció Larkin en mi oficina.
—Eso fue grosero.
—¿Qué?
—Tirar mi invitación.
—¿Cómo sabes que la tiré?
Miré su expresión.
—No respondas.
Larkin sonrió.
Había cambiado.
Steves Consolidated había cerrado varias operaciones y vendido otras.
No pregunté qué seguía haciendo en las sombras.
No quería saberlo.
—Quiero invitarte a cenar.
—¿Como secretaria?
—Renunciaste hace un año.
—Entonces ¿como qué?
Por primera vez vi incómodo a Larkin Steves.
—Como Penelope.
Lo hice esperar.
—Una cena.
—Una.
—Lugar público.
—Por supuesto.
—Y yo pago mi parte.
Eso realmente le dolió.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
No nos enamoramos aquella noche.
Ni la siguiente.
Tardamos meses.
Yo necesitaba saber que podía marcharme cuando quisiera.