Josephine sonrió entre lágrimas.
Y comprendió que el hombre que la había comprado aquella tarde no había adquirido una esposa.
Había rescatado una vida.
Mientras ella, sin darse cuenta, había sanado un corazón que llevaba demasiado tiempo creyendo que las cicatrices impedían volver a amar.
Y desde aquel día, en las montañas de Bitterroots, nadie volvió a llamar monstruo a la mujer que terminó enseñando a todo un pueblo que la verdadera belleza siempre comienza donde terminan los prejuicios.