Nunca le ordenó nada.
Una tarde ella preguntó:
—¿Por qué vive solo?
Él permaneció mirando el fuego.
—Porque la gente también tenía miedo de mi cara.
Señaló su cicatriz.
—Un puma.
Hace doce años.
—Mi prometida decidió que prefería un hombre bonito.
Josephine bajó la cabeza.
Comprendía perfectamente ese dolor.
Con el paso de las semanas comenzó a reír.
Primero muy poco.
Luego cada vez más.
Una mañana Cyrus la sorprendió cantando mientras amasaba pan.
No dijo nada.
Pero sonrió durante todo el día.
La paz terminó cuando llegó el primer visitante.
Un comerciante del pueblo.
Nada más ver a Josephine soltó una carcajada.
—¡Así que era verdad! ¡El monstruo vive aquí!
Josephine retrocedió automáticamente.
Esperaba escuchar a Cyrus disculparse por ella.
En cambio, él caminó hasta quedar frente al hombre.
—Recoge eso.
Señaló la harina que el comerciante había tirado deliberadamente al suelo.