—El agua está clara. Se puede mirar sin caerse.
Sophie se rió, esta vez sin miedo, y la risa no se pareció a la del salón. Victoria le acomodó el chal a Elena en el hombro. Yo metí la mano libre en el agua hasta la muñeca, donde el brazalete rojo se oscureció un momento y volvió a verse. Estaba fría y era mía la elección de tocarla. Cuando saqué la mano, Alexander me la secó con su pañuelo, despacio, y el jardín olió a pan y a tierra mojada.
Nos quedamos allí hasta que el sol dio de lleno en la piedra. No había un coche esperando en el arcén. No había una puerta entornada ni un papel sin abrir. Elena pidió otro trozo de corteza. Sophie fue a buscarlo. Victoria encontró tres tazas más. Y yo, con el anillo puesto y el cabello seco, escuché a mi madre decir mi nombre como se dice una cosa que ya no hace falta esconder.