Elena cerró los ojos un segundo.
—Tu abuelo las puso a tu nombre el mes en que naciste —dijo—. Hoy alguien volvió a escribir ese nombre donde debía. Me basta.
Sophie partió un trozo de pan y lo dejó en mi plato, un gesto de niña.
—Nathan me escribió al alba —dijo—. No viene. Pidió la separación de bienes y se fue a casa de su hermano. Dice que lo que haga el juzgado con papá lo hará sin su firma al lado. Yo no sé todavía qué quiero hacer con el anillo de la boda. Sé que no quiero desayunar con miedo. Hoy eso es suficiente.
Nadie brindó por la caída de Graham. Victoria mencionó, una sola vez, que había pasado la noche en una sala del pueblo prestando declaración por la caja del hotel y por la escena de la chimenea, y que un abogado de oficio le había dicho que no saldría de allí para volver a esta cocina. Sophie escuchó, asintió y empujó el teléfono boca abajo, lejos del pan. El castigo se quedó en esa frase. No le dimos la cabecera de la mesa.