Graham no se levantó.
—Mírala —dijo—. Viene a cobrar. Siempre vino a cobrar.
Elena lo miró sin teatro.
—Vine a ver si la foto seguía entera. Y a decirte, delante de ellas, que el pastel era de limón y que la pluma era tuya. El juez oirá el resto cuando le toque. Yo no voy a gritar en esta casa. Ya grité aquí una vez y me costó años.
La enfermera abrió la ventana para que saliera el humo. Afuera, la verja estaba quieta. Nadie había llamado a una persecución. Alexander marcó, por fin, a la comisaría del pueblo y dijo solo lo necesario: un huésped había vaciado una caja de hotel, la familia estaba reunida, nadie estaba herido, y el señor Hart seguía en el despacho si querían tomar nota esa noche. No hubo fuerza. Hubo una espera. Graham no huyó. Creo que no le quedaba un sitio donde la risa lo acompañara.