—Aprendió tarde —respondió ella—. Igual que yo.
Se oyeron neumáticos en la grava. No era la policía. Era un taxi del pueblo, y de él bajó, despacio, apoyada en la enfermera de gafas, Elena. Llevaba el chal gris y un bolso pequeño. Había pedido el alta de la tarde, contra el consejo de quedarse una noche más, porque la enfermera le leyó mi mensaje y ella decidió que no iba a esperar el banco del día siguiente si su hija estaba buscando una fotografía en la casa de la verja.
Me quedé sin voz. Crucé el despacho y le ofrecí el brazo. Ella lo aceptó. Olía a violeta y a camino.
—Te dije que no en la carretera —me regañó, suave—. Yo sí podía tomar un taxi de día, con una enfermera al lado. No iba a dejar que este cuarto te tragara sola.